En mi aislamiento actual, sueño con hallar una cosita joven y dulce en una habitación
iluminada por el claro de luna, una de aquellas tiernas adolescentes (como las llaman ahora)
que han leído mi libro y escuchan mis canciones; una de las encantadoras idealistas que me
escribían cartas de admiración en papel perfumado, durante aquel breve período de gloria
fatal, hablándome de poesía y del poder de la ilusión, diciéndome que deseaban que yo fuese
real; sueño con escabullirme en su habitación a oscuras, donde quizá mi libro yazga en la
mesita de noche, con un precioso punto de terciopelo entre sus páginas; sueño con
acariciarle el hombro y sonreírle cuando nuestros ojos se encuentren. « ¡Lestat, siempre he
creído en ti! ¡Siempre he sabido que vendrías!»
Tomo su rostro entre mis manos y lo inclino para besarla. «Sí, querida», respondo yo, «¡no
sabes cuánto te necesitaba, cuánto te quiero, cuánto te he querido siempre!»
iluminada por el claro de luna, una de aquellas tiernas adolescentes (como las llaman ahora)
que han leído mi libro y escuchan mis canciones; una de las encantadoras idealistas que me
escribían cartas de admiración en papel perfumado, durante aquel breve período de gloria
fatal, hablándome de poesía y del poder de la ilusión, diciéndome que deseaban que yo fuese
real; sueño con escabullirme en su habitación a oscuras, donde quizá mi libro yazga en la
mesita de noche, con un precioso punto de terciopelo entre sus páginas; sueño con
acariciarle el hombro y sonreírle cuando nuestros ojos se encuentren. « ¡Lestat, siempre he
creído en ti! ¡Siempre he sabido que vendrías!»
Tomo su rostro entre mis manos y lo inclino para besarla. «Sí, querida», respondo yo, «¡no
sabes cuánto te necesitaba, cuánto te quiero, cuánto te he querido siempre!»
que contemplé, el inevitable dolor que sufrí. Es una terrible verdad que el sufrimiento nos
hace más profundos, que da más brillo a nuestros colores, proporciona una resonancia más
rica a nuestras palabras. Es decir, si no nos destruye, si no aniquila nuestro optimismo y
nuestro ánimo, nuestra capacidad de imaginar y nuestro respeto por las cosas simples pero
indispensables.
Así pues, hasta luego; no dejo de pensar en vosotras; os quiero; desearía que estuvieseis
aquí... en mis brazos.
aquí... en mis brazos.
Lestat
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